Lo que Dios y los Hombres Dicen del Matrimonio Homosexual (Primera Parte)

Por Milton Picón

Presidente de Morality in Media de PR

Empecemos con lo que dicen los hombres. Desde la semana pasada hemos escuchado muchísimas opiniones de diferentes personajes en el país glorificando al gobierno por su determinación de no apoyar, ni defender la definición del matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer.

El pasado domingo uno de los columnistas y directivos de uno de estos periódicos que no son otra cosa que fotutos propagandísticos del gobierno se hace eco de las palabras del Presidente del Senado y de otros miembros ignorantes de ese cuerpo legislativo que se atreven a comparar la lucha de los homosexuales a la lucha de nuestros hermanos afro americanos en contra del racismo. Dicen estos personajes que la historia reconocerá al Gobernador de Puerto Rico Alejandro García Padilla y a su Secretario de Justicia César Miranda como gente valiente y que terminará condenando y avergonzando a aquellos que defendieron la integridad de la unión matrimonial tal y como está definida al día de hoy y que nos oponemos al matrimonio homosexual.

Mientras escucho toda esta retórica sin sentido viene a mi memoria el recuerdo que esa mismísima retórica la esgrimieron periodistas y analistas sociales y culturales en el 2004 cuando se estaba reseñando la decisión de la Corte Judicial Suprema del estado de Massachusetts que le ordenó a la legislatura que dicho estado que legalizara el matrimonio homosexual, por primera vez en un estado de la unión.

Hubieron periodistas, comentaristas, grupos académicos y profesionales en aquel entonces, como los hay hoy, que despotrican con coraje y saña contra los grupos religiosos y pro familia que luchan en favor del matrimonio natural entre y que tratan de justificar su tratamiento irrespetuoso y hostil hacia los grupos cristianos diciendo que no pueden entender cuál es el impacto directo negativo que tiene el matrimonio entre parejas del mismo sexo sobre ellos para que estén oponiéndose a él y realizando marchas, protestas, cabildeo, conferencias de prensa y todo aquello que es parte de nuestro proceso democrático.

Algunos periodistas en el 2004 decían que podían entender y tener empatía hacia otros activistas sociales que protestaban por una gama de temas. Por ejemplo aquellos que luchaban contra el alza en los impuestos porque obviamente tenían la preocupación de que le aumentaran las mismas, lo mismo que con aquellos que protestaban sobre los proyectos relacionados con la salud, porque entendían que sus cubiertas iban a ser más caras o tener menos servicios, o los que protestaban en contra de comer carne, por entender que se les quitaba la vida a animales, o a los ambientalistas que se acostaban en la carretera para obstruir un desarrollo porque les preocupaba el impacto sobre el ambiente. Pero estas personas del os medios decían que cuando llegaban a los grupos religiosos activistas no podían entender el porqué de su negativa a aceptar el matrimonio homosexual. Algunos decían que los argumentos de los conservadores en contra del matrimonio del mismo sexo (MMS) rayaban en la hipocresía, porque ya la sociedad moderna no veía ya el matrimonio como una institución divina (ordenada por Dios). Entendían que después de la invención de leyes de divorcio ultra liberales, contra las cuales los religiosos no hicieron las mismas campañas que hacen hoy contra el matrimonio homosexual, se había disparado el divorcio al punto de que la mitad de los matrimonios terminan por esa vía.

Habían también en aquel entonces, como los hay hoy, otros observadores de estas luchas culturales quienes decían que aún en sus propias comunidades religiosas el divorcio era rampante. Una de ellos decía que siendo el único abogado en la iglesia había recibido consultas de hermanos pidiendo sus servicios en casos de divorcios, asuntos de custodia, división de bienes gananciales, etc., etc., etc. Esto lo hacía concluir que la comunidad homosexual no trataría los votos matrimoniales muy diferente a como los tratan muchos de los que se llaman cristianos.

Muchos favorecedores públicos del matrimonio entre parejas del mismo sexo se preguntan: ¿cuál es el problema de estos grupos pro familia y de las iglesias con el asunto del matrimonio homosexual? Decían ellos “el que quiera seguir pensando que el matrimonio homosexual es moralmente reprochable basado en unas opiniones o doctrinas religiosas, que lo siga pensando. Los pastores no tienen que casar parejas homosexuales si eso va en contra de sus principios. La pareja homosexual que vive tres casas más debajo de la tuya no representa una amenaza para tu matrimonio ni podrá cambiar la definición del matrimonio ante los ojos de Dios”.

Algunas de estas personas podrían resumir su pensar en una sola oración: “Estoy disgustado en la forma en que los propios cristianos tratan la institución matrimonial, para después venir a decir que la defienden a brazo partido”.

Hasta ahora, lo anterior puede retratar el cómo se sienten unas personas alrededor de este debate. Sin embargo, muchos de los que pensaban así en el 2004, ahora confiesan y dicen: “Estábamos equivocados, no en la percepción de la crisis matrimonial entre los propios cristianos, sino en las posturas iniciales de que el matrimonio homosexual era algo inofensivo, que no hacía daño, ni representaba una amenaza ni legal, ni social o cultural”. Después de ver todo lo ocurrido desde que se legalizó el MMS en el 2004 en Massachusetts muchos amigos ahora piensan y entienden que hay que defender el matrimonio natural entre un hombre y una mujer. ¿Por qué?

Primero, han llegado a entender que su acercamiento hacia el tema fue fundamentalmente incorrecto desde el principio (asumieron implícitamente que el matrimonio existía para el beneficio de adultos y su auto realización). Ahora entienden que esta posición era una fundamentalmente egoísta (la creencia esta de que yo me caso con el propósito de auto realizarme). Ahora entienden que el matrimonio es el bloque esencial de construcción de la familia, el fundamento de la sociedad y existe primariamente no para el beneficio de los adultos, sino de los niños.

¿Por qué hacer esta distinción es tan importante? Porque ahora conocemos muchas cosas que desconocíamos en aquel entonces. Después de muchas décadas de estudio ahora se tiene la evidencia. Hemos tenido además la oportunidad de ver los resultados de la experimentación social y filosófica de la teoría de que el matrimonio existe para el disfrute de adultos (desde el desastre de la liberalización de las leyes del divorcio, a la explosión de los hijos procreados fuera del matrimonio, hasta la obsesión de una sociedad y sus cuerpos legislativos con no estigmatizar al adulto). El resultado ha sido el horror social que vivimos. Los estudios prueban a la saciedad que una familia compuesta de un papá y mamá casados producen niños emocional, social y económicamente más estables que los otros modelos de convivencia. ¿Por qué la sabiduría de las investigaciones sociales que demuestran a la saciedad esto, no se toma en cuenta en el día de hoy? Porque las ideologías modernas no funcionan así, son círculos cerrados de pensamiento en donde uno cree lo que cree y no hay espacio ni para debatir ni para razonar con prudencia, mucho menos para pensar que aquellos que difieren de nosotros puedan tener razón en alguno de sus planteamientos.

Cuando en las décadas de los 60’s, 70’s y 80’s hablábamos de muchísimas teorías de liberación sexual, todavía no teníamos la experiencia de ver los resultados de la gran cantidad de niños que llegaron a convertirse en ciudadanos disfuncionales en una sociedad fragmentada con serios problemas.

En décadas pasadas algunas personas toleraban un montón de ideas liberales, porque no había prueba (excepto la de los valores fundamentales de la fe cristiana) de que iba a ser malo para la sociedad. Ahora la prueba si existe. A veces la sociedad no tiene la facultad de poder discernir las tendencias en forma instantánea por lo que necesitan el estudio profundo y sosegado de las propuestas que se hacen, particularmente cuando las mismas pueden afectar la niñez.

Pregunto: ¿a la luz de todo esto, hace sentido el apoyar o animar nuevos experimentos sociales en donde los niños no necesariamente están en el primer lugar? ¿Apoyar nuevas instituciones que no necesariamente les proveerán las herramientas a la niñez para estar bien emocional, social o económicamente, es buena idea o son propuestas arriesgadas y peligrosas?

La típica respuesta a este planteamiento de parte de activistas sociales y sexuales y de sus acólitos en los medios de comunicación es que hay estudios que dicen que no hay diferencia en la crianza entre matrimonios naturales y aquellos del mismo sexo. Desafortunadamente para estos últimos, los estudios abundan. La pregunta clave en todo esto del matrimonio homosexual es la siguiente: ¿Quién sale perdiendo cuando nos apartamos de la estructura familiar natural? La respuesta es clara e inequívoca: los niños.

Ante todo esto, ¿qué podemos o tenemos que hacer? Tirar la raya claramente. Tenemos como cultura que dejar la adoración con el asunto de los derechos sexuales de adultos, poniéndolos por encima del mejor bienestar de los niños.

Muchos favorecedores del matrimonio homosexual, actualmente arrepentidos, han descubierto algo más allá de los niños. Irónicamente, el mal llamado derecho o la campaña dirigida a legalizar el matrimonio entre las parejas del mismo sexo, está tomando un giro perturbador que está llevando a muchos de estos activistas y al propio gobierno a una campaña de represión y censura contra instituciones e individuos que tienen unos principios religiosos que los lleva a oponerse a los MMS. O sea, la campaña del MMS ha resultado en menos libertad para muchas personas.

La primera víctima en Massachusetts fueron los servicios de adopción católicos. De ahí en adelante hemos visto a estudiantes castigados por oponerse a los MMS, ha estudiantes graduados echados fuera de programas de consejería por rehusarse a afirmar la conducta homosexual, la negación de exenciones contributivas a iglesias por no permitir el casamiento de parejas del mismo sexo en sus facilidades, fotógrafos castigados por rehusarse a retratar una boda homosexual, amenazas de perder unas licencias profesionales por hacer expresiones públicas de apoyo al matrimonio natural, etc., etc., etc.

A esto le podemos añadir la hemorragia de litigios en jurisdicciones en donde se protege la orientación sexual y la identidad de género.

Para un movimiento que en sus etapas iniciales hablaba de amor y tolerancia resulta irónico que el mismo odio, represión e intolerancia que denunciaban ahora los está caracterizando.

Los ciudadanos puertorriqueños tienen razones de sobra para estar indignados con la posición del Gobernador y su Secretario de Justicia y tenemos no solo el derecho, sino la también la responsabilidad de defender el matrimonio y de detener de una vez y por todas estas ideas perniciosas y de erosión cultural que eleva a los padres y sus preferencias sexuales por encima de sus hijos. No es ni prejuicio ni discriminación el reconocer una verdad fundamental: “Lo que los padres quieren y lo que es bueno para los hijos no necesariamente es lo mismo”. No es prejuicio, ni discriminación el oponerse a cambios legales que nos llevan a una ola de censura, intimidación y aún amenazas de violencia en contra de individuos o iglesias.

Un periodista en el 2004 escribió: “Puedo tener empatía con muchas de las personas a las que entrevisto, excepto por los hipócritas que se oponen al matrimonio gay. En 20 años muchos de ellos (refiriéndose a los cristianos) ni siquiera admitirán que fueron parte de eso”. Algunos periodistas, políticos, académicos y profesionales en el campo social repiten lo mismo hoy. Asumen que los vaivenes de la historia y las opiniones son irreversibles, que las opiniones llenas de prejuicios contra los religiosos son y serán permanentes. ¡Qué equivocados están! Según vaya transcurriendo el tiempo descubrirán que fueron ellos los que estaban en la parte equivocada de la historia.

En la segunda parte del artículo exploraremos lo que dice Dios en su revelación sobre el matrimonio homosexual.

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