Al mal tiempo, buena cara (Santiago)

¿Qué quiere decir este dicho de uso común? Este dicho se puede considerar como un proverbio. El mismo destila el resultado de la experiencia de muchas personas que aprendieron, que presentar buena cara aún cuando el tiempo sea malo, es necesario para el alma. Cuando venga el momento difícil hay que adoptar la actitud correcta para poder bregar efectivamente con la situación. Sin embargo, la plasticidad occidental predica a voz en cuello que se debe tener buena cara sólo cuando hay buen tiempo. Pero ¿cuál es la respuesta del libro de Santiago a esta situación (actitud ante el mal tiempo)?

El apóstol ataca este asunto desde el principio del libro.  Dice en el verso 1:2 “Tengan por gozo supremo, enorme, que no tiene superior….” ¿Qué situación(es) deben considerarse como la(s) de mayor alegría (satisfacción)? ¿Cuáles situaciones esperarían muchos cristianos? Aquellos que han sido y están siendo profundamente matizados por la cultura actual. ¿Qué es lo que esperaría la corriente del siglo, esto es, la cultura y sus medios? Ellos esperarían estados donde haya principalmente abundancia material. En occidente el materialismo es la filosofía contemporánea que controla todos los medios e instituciones seculares, cuya máxima es “Eres lo que tienes.” El materialismo es una filosofía anticristiana que gana territorio en el campo eclesiástico y se ha introducido en él de manera muy sutil a través del movimiento de la prosperidad material. Tenemos que estar conscientes de la influencia que tiene la cultura en la dinámica de la Iglesia. Por esa razón Pablo nos aprestó diciendo “No te conformes a este siglo, sino mas bien, transfórmate por medio de la renovación de tu entendimiento.” [Romanos 12]

Contrario a lo que predica el mundo, Santiago dice que debemos considerar como gozo supremo “Cuando nos encuentremos en pruebas de diferentes tipos.” Esta respuesta es lo que se llama ir contra la corriente. El mundo dice lo contrario; “El gozo mayor es producido por situaciones donde no hay conflicto y en donde abundan los vienes materiales.” Santiago, guiado por el Espíritu Santo, nos enseña lo contrario. Como todos sabemos, nadar contra la corriente no es fácil. ¿Pero cuál es el beneficio que justifica la acción? Santiago dice, “La prueba de nuestra fe produce paciencia (capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse)…” Las situaciones de conflicto son una manera de poner a prueba nuestra fe, nuestra confianza en las promesas de Dios. A medida que respondemos de acuerdo con el diseño de Dios, aumenta nuestra paciencia, aumenta nuestro conocimiento aplicado efectivamente (sabiduría) y nuestro carácter se acerca al de Cristo.

Santiago da a entender que las situaciones de prueba van a ser comunes en la vida del creyente. Por lo tanto “Tenemos que permanecer para que nuestra paciencia se perfeccione.” Para que como Pablo podamos decir “… he aprendido a contentarme con cualquiera que sea mi situación… “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece…” [Filipenses] Crecer en el conocimiento de Dios, toma tiempo. No hay pastillas mágicas para acelerar el crecimiento. A medida que perseveramos, nuestra paciencia aumenta y se nos hace más fácil permanecer.

Pero, ¿qué hacer si no sabemos cómo manejar o responder a la situación? Pedir sabiduría a Dios para actuar de acuerdo con su diseño. La condición para recibirla, pedir con fe. Alguien dijo “No ores hasta que Dios te escuche. Ora hasta que lo escuches a Él.” El problema de varios hermanos en la diáspora consistía en que no eran consistentes (perseverantes) en su oración (petición), cambiaban con mucha frecuencia su contenido (inestables como las ondas del mar). Las circunstancias (viento) los hacían cambiar de parecer.

En ocasiones aceptaban que la pobreza (escases de bienes materiales), no era un problema, no indicaba nada negativo acerca de la condición espiritual y que era bueno aprender a vivir con ella. Pedían sabiduría a Dios para que les enseñara a establecer prioridades e incluso a manejar sus emociones con respecto a los empresarios que los empobrecían más, al no pagarle de acuerdo con su trabajo. Sin embargo, arrastrados por el siglo y los maestros de la prosperidad, cambiaban de opinión y comenzaban a pensar que las promesas de Dios eran esencialmente sobre cosas materiales y su oración se centraba en pedir riquezas para disfrutar de los deleites de la vida, como lo hacen los no creyentes.

¿Por qué el creyente debe ser paciente y permanecer? ¿Cuál es su galardón? Santiago lo dice claramente, ”…para alcanzar la corona de vida eterna (en unión a Cristo) que Dios ha prometido para los que le aman.” [Juan 17:3] Dios no prometió riquezas materiales para esta vida. De hecho, el problema no es tener riquezas, es convertirlas en el centro y propósito de la vida. La prosperidad que es necesaria para el creyente es la del alma, como decía Juan “Deseo que prosperes en todo así como prospera tu alma, y que tengas salud.” [1 Juan] El centro de este versículo es la prosperidad del alma, todo lo demás debe seguir de esta gran verdad; conducirnos en este mundo de manera que prospere nuestra alma. Pero, ¿cómo prospera nuestra alma? Santiago lo dice, “…visitando y ayudando a los necesitados y manteniéndonos sin mancha del mundo.” Lo cual incluye, actuar de acuerdo con el proverbio “al mal tiempo buena cara.”

Para manejar los conflictos hay que tener sabiduría. El creyente que no es sabio, es como un “Hombre que se para frente a un espejo plano y examina su rostro natural, luego al irse, inmediatamente olvida como era.” Esto es, sabe lo que tiene que hacer, pero no lo hace o cambia de parecer. ¿Cómo conocemos lo que es necesario hacer para vencer la prueba? Sencillo, estudiando cuidadosamente la Palabra de Dios y orando a Dios para que nos de entendimiento y fortaleza para permanecer en ella. ¿En que consiste la sabiduría? En recibir con humildad la Palabra. Por tanto, debemos orar para que el Señor: (1) nos enseñe a amar su palabra, (2) nos enseñe a estudiarla cuidadosamente, (3) nos de entendimiento para ver como aplicarla a las diferentes situaciones que surgen y (4) nos de fuerza para responder como dice la Palabra (diseño de Dios).

En esta jornada (vida) encontraremos muchos obstáculos y enemigos. Entre ellos, Santiago destaca el uso no controlado de la lengua [lo que sale del cuerpo (pensamientos y acciones) es lo que lo contamina].Santiago dice, sin temor, “Todos fallamos de muchas maneras… especialmente con lo que decimos.” Por tanto, exhorta a líderes y no líderes a tener cuidado con lo que dicen. A estar atentos al qué, cómo, cuándo y dónde se dice. Es decir que toda palabra que diga el creyente esté bien pensada y su propósito sea el edificar al oyente. La edificación incluye la corrección. Santiago enfrentó la triste situación de que varios hermanos habían llegado a la situación extrema de “hablar mal los unos de los otros”. Estado que no es propio de un creyente. Santiago les recuerda que una fuente de agua dulce, no puede al mismo tiempo, dar agua salada.

Otro problema que enfrentó Santiago, fue el favoritismo o parcialidad. En este caso, favoritismo donde se da trato diferencial basado en posesiones materiales. Modelo que es común en la sociedad contemporánea. Una versión moderna del favoritismo, diferente pero relacionada, es el trato diferencial basado en la preparación académica. Con los pudientes y preparados la iglesia es exageradamente tolerante y les facilita las posiciones de liderato. Tal como ocurre en el mundo secular. Santiago dice que esta actitud proviene de jueces con malos pensamientos. Tenemos que tener mucho cuidado para no caer en esta trampa del siglo (forma de pensamiento: los que tienen más son mejores y se les debe dar trato preferencial).

En el contexto mencionado anteriormente, Santiago encontró maestros sin licencia que ensañaban temas no propios de la casa del Señor; temas tales como: prosperidad material como meta, fe sin obras, cuál es la verdadera sabiduría, entre otros. Por ejemplo, estos maestros promovían la alabanza propia (jactancia), diciendo que el creyente en sí mismo, sin la necesidad de Dios, debe tener la sabiduría necesaria para decidir cuándo hacer negocios y cómo aumentar sus ganancias. Esto a su vez condujo a supervisores materialistas y abusadores, que no pagaban de acuerdo a la tarea realizada; maltratando a sus empleados y consiervos.

¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Aquel que muestra “por su buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.” Este es el maestro con licencia que a través de su modelo muestra que Jesús es su Señor y Salvador. ¿Cómo debe responder el creyente a las situaciones de conflicto (ser sabio)? De acuerdo con Santiago, debe: (1) ser todo oído, (2) controlar la lengua (tardo para hablar) y (3) evitar la ira, puesto que ella no obra la justicia de Dios. El sabio sebe acercarse a Dios reconociendo que sólo por la gracia de Él, se mantendrá de pie ante la prueba o conflicto (humillarse).  Debe estudiar la Palabra, orar por sabiduría, visitar a los indefensos y guardarse sin mancha del mundo (no conformarse al mundo).

En todas las situaciones de conflicto, Dios está con nosotros (fidelidad de Dios). Nos ha dado su Espíritu Santo para guiarnos a toda verdad, como dice Pablo, “Junto con la prueba nos ha dado la salida.” Santiago presenta la evidencia histórica de la fidelidad de Dios para con sus hijos, modelos que nos sirven de referencia para la paciencia (en medio de la aflicción): los profetas, portadores de la antorcha divina (la Palabra) y el siervo Job. Todos estos sufrieron intensamente y permanecieron firmes en su esperanza porque tenían la mirada puesta en el Invisible.

¿Cómo debe responder el creyente a las situaciones de conflicto? El que sufre, ore. El que está enfermo, llame a los ancianos para que lo unjan con aceite y oren por él. El creyente debe reconocer y aceptar que ha ofendido a ciertos hermanos. Además debe confesar su ofensa personal al ofendido y orar junto a él, el uno por el otro. Santiago dice, “Elías era hombre sujeto a pasiones similares a las nuestras, oro fervientemente y Dios concedió su petición.” O sea, aunque hayas fallado, puedes orar y ser eficaz si eres ferviente.

El libro termina diciendo que cada creyente debe estar siempre dispuesto a levantar al que ha caído. No entregar, ni dar por incorregible a nadie, evitar los estigmas. Mientras esté vivo, hay esperanza de salvación.

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