Señal de este tiempo

Una característica sobresaliente de la forma de pensar y ser de las personas en este tiempo es la insatisfacción constante con lo que son, hacen y tienen. No están contentos con prácticamente nada: su apariencia, su peso, su trabajo, su posición, sus logros, sus posesiones, etcétera. Además, no están satisfechos particularmente con su ambiente. Por tanto, la queja es un elemento muy común en su conversación. Tienden a ver el problema en otros pero no en ellos (mecanismo de proyección). Incluso ven los defectos y no las virtudes. Si una persona falla una vez, aunque haya servido bien toda una vida, le ponen un sello y dejan de estimarla como corresponde. Los noticieros y periódicos también han sido atrapados en la trampa de la insatisfacción, sus historias se centran en la violencia, los problemas y las deficiencias; y no mencionan lo bueno porque no es tema que aumente los “ratings”.

Es necesario que cada uno se examine bien a sí mismo, para saber si esta forma de pensamiento está moldeando su carácter. En Filipenses 4:11, Pablo dijo que “aprendió a estar contento”. Aprender es un proceso que toma tiempo y que implica estudio, meditación y disciplina. De hecho, en ese momento, su madurez espiritual era tal, que pudo decir “…con cualquiera que sea mi situación…” ¿Cuántos pueden decir lo mismo? En este tiempo muy pocos. Hay un grupo que está satisfecho cuando las cosas marchan como quieren y esperan. Cuando las situaciones no son como quieren, aunque sean como Dios quiere puesto que a través de ellas se aprende a manejar situaciones difíciles y resultan en crecimiento; se afligen mucho, protestan, se molestan, e incluso, dudan si Dios está con ellos. Esta reacción indica que este grupo también ha sido atrapado por el molde de la insatisfacción.

Una consecuencia del molde de la insatisfacción es que las personas no son agradecidas. ¿Cuántas veces las personas agradecen a otras lo que hacen por ellas? Los casos brillan por su ausencia. En este tiempo la gente es malagradecida, piensan que se lo merecen todo y que no tienen que dar gracias. Esta actitud ha contribuido a que reconozcan el trabajo de las personas, no en vida, sino cuando ya han muerto. Ilógico, reconocer los méritos de un muerto. ¿Qué valor tiene el reconocimiento para el muerto? Ninguno.

Los apóstoles continuamente recordaban a los hermanos que fueran agradecidos a Dios por la salvación, la vida, la salud, el alimento, el trabajo, la estabilidad del país, la libertad de expresión y de adoración, etcétera; y luego a los hombres, especialmente a los que se dedican a la predicación y a la enseñanza, a los que dan de comer a los pobres, a los que se dedican al servicio público con rectitud y compromiso, etcétera. Hay que dar gracias a Dios por todo, puesto que todas las cosas obran para bien a los que aman a Dios y buscan hacer su voluntad. Obviamente se da gracias a Dios por todas aquellas cosas y eventos que no fueron generados por la falta de obediencia a la verdad. Cuando un creyente es agradecido, nada contra la corriente y no se conforma a los pensamientos y conductas que son propias de este mundo.

Relacionado con lo anterior, a las personas les gusta que las reconozcan. Tal vez, esta es una de las razones por la cual no reconocen los méritos de los demás. Todos quieren ser el centro de atención, el primero,  el más importante y que se les trate con preferencia. Esta situación es agravada por el énfasis desmedido, que se ha puesto en clichés tales como: “Eres cabeza y no cola” y “Eres un rey”. ¿Cuál es el problema de estar en la cola? Muy pocos mencionan la otra cara de la moneda, que los creyentes son “Siervos (esclavos voluntarios) de Jesucristo”. ¿Cuántos se consideran siervos?

El mundo codifica este molde (actitud) en la máxima “Tienes que procurar y luchar arduamente para ser el mejor.” El cristiano no busca ser el mejor, el da lo mejor de sí. Cada uno da conforme a su medida y conforme a ella será juzgado. Por esa razón el apóstol dice (Romanos 12:3) “Nadie tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura,…” Por la influencia del mundo y de la naturaleza pecaminosa, la persona tiene la tendencia a sobreestimarse y a sentirse superior. Sin embargo, este modelo no proviene de Dios, sino del diablo, idea que inyectó en Eva para que se revelara. El modelo de Jesús es tomar la actitud de siervo. De hecho, la Biblia dice en Filipenses 2:3, “Hágase todo con humildad, estimando a los demás como superiores”. Cristo vino a servir y no a ser servido. El servicio al prójimo es una muestra del amor a Dios y a su criatura.

La respuesta es, como dice Pablo en Filipenses “Regocijaos en el Señor siempre.” Cuando el creyente lo hace no se conforma a la corriente del tiempo. Hay que recordar que “El corazón contento hermosea el rostro” (Proverbios 15:13). La estrategia es sencilla: hay que estar contento, dar gracias, proveer para las necesidades de los hermanos y hacer todas las cosas como si fueran para el Señor. Lo demás lo hace Dios.

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