Calculando el Precio

Referencia: Mero Cristianismo (C.S. Lewis)

Mat 5:48Sed,  pues,  vosotros perfectos,  como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”

Para muchos creyentes esto significa que “Jesús no nos ayudará a no ser que seamos perfectos o casi, casi perfectos” y como no son ni tan siquiera casi, casi perfectos; su situación es desesperante. Debido a esta interpretación, viven la vida cristiana tristes y angustiados. Se sienten solos e incluso culpables. El diablo comienza a sacar ventaja de esta interpretación incorrecta, usando las faltas como una herramienta para desanimar y desalentar al cristiano, puesto que los acusa de que no están cumpliendo con el mandato. Quien se beneficia de esta interpretación, es el enemigo, puesto que logra que estos creyentes coloquen su mirada en sus faltas (en sus caídas). Otra consecuencia nefasta de esta visión es el legalismo. Por ejemplo, la idea de que “aunque no seamos santos en un 1%, esto puede destruir la iglesia completa”.

La realidad es, que mientras más cerca estemos de la luz (Cristo), más conscientes estaremos de nuestras faltas. “La luz es la que manifiesta todo.” Efesios 5:13. Eso es lo que nos ocurre cuando leemos la Biblia, su luz nos hace ver nuestras imperfecciones. Nos permite ver cuán lejos estamos de la meta. Sin embargo, el propósito no es que pongamos los ojos en nuestras faltas, sino en nuestro Señor Jesús, quién no se cansará de levantarnos y guiarnos para que seamos la criatura que el se propuso que fuéramos cuando nos creó. Lo más importante para Dios es que estemos intentando seriamente de obedecerle en todo.

Pero, según el autor del libro, lo que Jesús dijo fue “La única ayuda que les daré es para que se hagan perfectos. Es posible que quieran algo menos, pero yo no os daré nada menos.” De esta verdad se pueden destilar varias ideas importantes:

  • Algunos piensan que Jesús vino para hacerlos “buenos”. De hecho, “buenos” según su propia opinión. O sea, que Jesús solo haga algunos cambios en sus vidas. Que solo toque algunas áreas y no todas.
  • Pero no es así, Él no vino para hacer hombres “buenos”, sino hombres nuevos. La transformación será total, cuando Jesús termine su obra en ellos, serán perfectos. Jesús hizo posible y vino a darnos una idea de lo que significa esta verdad.
  • Si esperaban menos, no hicieron bien el cálculo. [Costo de la Conversión]

La realidad es que muchos esperamos muy poco de este encuentro. Para ilustrar la intensión de Dios al entrar a la vida del creyente, el autor usa la siguiente metáfora, nuestro Señor es como los dentistas. Si se le da una mano cogerá el brazo entero. Muchos acudimos a Él para que nos “curase” de un pecado en particular: manejo de la ira, codicia, etcétera. Por supuesto que lo “curará”, pero no se quedará ahí. Aunque es posible que eso fuera todo lo que queríamos. Sin embargo, una vez que le hemos invitado a ser el Señor de nuestras vidas, Él nos dará el tratamiento completo. Por esta razón, es necesario que cada persona calcule el precio antes de convertirse en cristiano. El Espíritu Santo entró a la vida del creyente para guiarlo a toda verdad hasta que sea perfecto. Tan pronto una persona se pone en las manos de Jesús, eso es lo que debe esperar. Nada menos.

Todos los cristianos hemos tenido experiencias diferentes en la vida y hemos reaccionado de maneras diferentes a estas experiencias usando modos diferentes de entender y aplicar nuestra fe a estas situaciones. Estas experiencias y las decisiones que tomamos son parte del proceso que nos hace desarrollar un carácter y una personalidad. En este proceso está el Espíritu Santo, nuestro Ayudante, buscando penetrar las barreras profundas del orgullo y de la voluntad independiente, tratando de guiarnos y moldearnos para que respondamos y hagamos las cosas como dice la Biblia. En este proceso, el Espíritu Santo no nos controla, aunque tiene el poder y puede hacerlo. No lo hace puesto que es contra su naturaleza. El trabaja con nosotros como un agente de cambio gentil, como un poderoso gigante con voz suave, deseando que respondamos a las circunstancias de nuestra vida con carácter y madurez. Sin embargo, dado que cada creyente tiene su libre albedrío; si quiere puede entristecer, apagar y eventualmente apartar al Espíritu Santo de su vida. En un caso el crecimiento espiritual es lento, en otros se detiene por un tiempo y en el peor de los casos, se detiene por completo.

Pero si el creyente no aparta a Dios de su vida, o sea, sino apostata de la fe; sepa con toda certeza, que Dios completará su obra en él, lo llevará hasta la perfección. Sea cual sea el sufrimiento que le cueste en esta vida, y por inconcebible que le sea la purificación después de la muerte, y le cueste a Jesús lo que le cueste, no descansará, ni le dejará descansar, hasta que no lo haga literalmente perfecto. Esto es lo que Dios puede hacer, y lo que hará. Pero no hará nada menos.

Este Ayudante, que no se sentirá satisfecho, a la larga, con nada menos que la perfección, también se deleitará con el primer esfuerzo, por débil y torpe que sea, que el creyente haga para cumplir con el deber más sencillo. El creyente no debe dejar que la exigencia de perfección por parte de Dios, le descorazone en lo más mínimo en sus esfuerzos por ser bueno, o incluso en sus fracasos actuales. Puesto que cada vez que se caiga Dios lo levantará de nuevo. Él sabe perfectamente bien que los propios esfuerzos del creyente no le llevarán ni siquiera cerca de la perfección.

De manera que la meta a la que nos está llevando el Espíritu Santo es a la perfección absoluta, y que ningún poder en todo el universo, excepto nosotros mismos, puede impedirle que te haga alcanzarla. Si no creamos consciencia de esto, es muy posible que después de un cierto punto, comencemos a apartarnos y a resistirnos al cambio. Creo que muchos de nosotros, cuando Cristo nos ha permitido superar uno o dos pecados que resultaban una auténtica molestia, nos inclinados a pensar y sentir que ahora somos lo bastante buenos. “Ya soy una persona buena.” Pero este es el error fatal. Por varias razones, la primera, que ya no necesitamos cambio alguno, o sea, que estamos casi, casi en la meta. La segunda, pensar que estamos por encima de los demás y que tenemos derecho a juzgar a los que no están a nuestro nivel. Incluso hacemos acepción de personas y de esta manera nos alejamos de la voluntad de Dios.

Por supuesto que cuando nos convertimos nunca pedimos convertirnos en la clase de criatura en la que Él quiere convertirnos. Pero la cuestión no es lo que nosotros teníamos intención de ser, sino lo que Dios tenía intención que fuéramos cuando nos creó. El es el inventor, nosotros somos solo las máquinas. ¿Cómo vamos a saber lo que el quiere que seamos? Por un lado, quizás nos contentemos con seguir siendo “buenas personas”, pero Él está decidido a llevar a cabo un plan muy diferente.

Nunca debemos imaginar que podemos depender de nuestros propios esfuerzos para que nos lleven a salvo de algún pecado grave, ni siquiera a través de las próximas 24 horas. Por otro, ningún grado posible de santidad o heroísmo está más allá de lo que Dios está decidido a producir en cada uno de nosotros al final. El trabajo no será completado en esta vida: pero Él quiere llevarnos lo más lejos posible antes de la muerte.

Por tanto, no debemos sorprendernos si nos esperan momentos duros. Cuando una persona se convierte y le parece que todo le está yendo muy bien (en el sentido de que algunos de sus malos hábitos se han corregido), a menudo piensa que sería natural que las cosas salieran con cierta facilidad y bien. De modo que cuando se presentan problemas (enfermedades, dificultades económicas, nuevas tentaciones) se siente defraudado y dice ¿por qué ahora? La respuesta es sencilla, porque Dios le está forzando hacia delante, a un nivel más alto, poniéndole en situaciones en donde tendrá que ser mucho más valiente, o más generoso, de lo que jamás hubiera soñado antes. A nosotros todo eso nos parece innecesario, pero esto es porque aún no tenemos ni la más remota idea de la grandeza de lo que Él quiere hacer de nosotros.

Dios está construyendo una casa muy diferente de aquella que nosotros pensábamos. Pensábamos que nos iban a convertir en una casita pequeña, pero Él está construyendo un palacio. El proceso será largo y en parte muy doloroso, pero eso es lo que nos espera. Nada menos. El hablaba en serio.

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” 2 Corintios 4: 17-18

¿Cómo podemos tomar seriamente nuestra fe para que sea más personal y real; y todos nuestros pensamientos, ideas, direcciones, metas, e inspiraciones vayan en dirección del servicio a nuestro Señor? La clave es permitir la obra del Espíritu Santo en nosotros. Tenemos la responsabilidad de responder, crecer, y construir sobre lo que Dios nos ha dado. Requiere confianza, fe, y someter nuestra voluntad, nuestros sueños, y nuestras ideas al Señorío de Cristo. Cristo es nuestro Rey; vivamos nuestras vidas en respuesta a lo que Él ha hecho por nosotros.


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