Frente a la Dificultad

Reflexión sobre: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:11-13)

“He aprendido” – Aprender toma tiempo, requiere dedicación y compromiso, cuesta y sobre todo causa dolor; ya que generalmente consiste en despojarse o abandonar objetos y prácticas que nos gustan pero que no nos ayudan a crecer en la vida cristiana. De hecho detienen nuestro crecimiento.

El apóstol reconoce que él ha pasado por el “proceso”; pero, ¿en qué consiste este proceso? De hecho, no todos los que  entran al proceso aprenden, muchos se estancan y permanecen niños en su manera de pensar. Estos son generalmente los que se ahogan en un vaso de agua y todo es un problema. En este tiempo “postmoderno” aprender se hace más difícil puesto que la visión que domina es la centrada en el yo; esto es, debo disfrutar, ser el centro de atención, tener éxito y prosperar. De modo que las personas de este tiempo se han conformado a las formas de pensamiento dominantes de esta época. Incluso muchos cristianos han sido afectados por estas formas de pensamiento. Una manera simple de observarlo consiste en visitar una librería cristiana y ver los títulos de los libros: Los siete pasos para el éxito, Cómo tener paz contigo mismo, y otros.

¿En qué consiste este proceso (o grupo de procesos)? La analogía adecuada para este proceso lo es “La purificación del oro a través del fuego”. Cuando el oro se extrae de la tierra (en la vida cristiana este estado es similar a la conversión) viene con impuresas. Para eliminarlas el oro se coloca en un horno a muy altas temperaruras hasta que se derrite, en el proceso el oro se separa de sus impurezas y al solidificarse, se tiene nuevamente un pedazo de oro prácticamente puro (en esta vida, no del todo).

De igual manera cuando nos convertimos estamos llenos de impurezas, incluso los que han nacido en la iglesia, al caminar por el mundo sus pies se llenan de polvo y su corazón se contamina. En otras palabras, a pesar de su educación cristiana y de su conversión muy temprano en la vida (asumiendo que aceptaron a Cristo como único y verdadero salvador), si no velan y resisten al enemigo son contaminados por la corriente del siglo. [Tener padres cristianos y crecer en la iglesia local no garantiza que somos cristianos o vivimos en victoria.] Muchas de estas impurezas están firmemente arraigadas en el corazón y en la mente del creyente. ¿Cómo extraer estas impurezas que impiden que el Espíritu Santo fluya o se manifieste a través del creyente? Para extraerlas el creyente tiene que entrar a un horno de fuego a alta temperatura hasta que se derrita y si es sabio y responde como Dios espera, se irá despojando o abandonando los hábitos y estilos de pensamiento que no son propios de la nueva criatura que es. (1 Pedro 1:6-7)

¿Qué cosas en nuestra vida no corresponden o son conforme al carácter de Cristo? Tenemos que orar a Dios para que el Espíritu Santo que habita en nostros nos muestre cuáles son las áreas específicas de nuestra personalidad que son del todo contrarias a la mente de Cristo. Todos tenemos manchas en nuestras vestiduras, nadie se escapa. Al mismo tiempo tenemos que orar por fortaleza y sabiduría del Espíritu Santo para comenzar a despojarnos de cada uno de estos estilos de pensamiento y vida que son contrarios a la Palabra de Dios. No es por nuestras propias fuerzas, necesitamos la fuerza del Espíritu Santo, y si nuestra voluntad está presta, Él nos capacitará para vencer y experimentar la victoria de nuestro maestro.  (Col 3:5-11; Rom. 8:13, 29; Efe. 4:11-16, 20-24)

El que se dispone cada día con todo su corazón a obedecer y ser guiado por el Espíritu Santo, es el que se transforma hasta que el día es perfecto; la transformación no se alcanza por inteligencia, astucia, conexiones y fuerza terrenal. (Col. 3:16-17; 1 Ped. 4:10-11) Dios no hace acepción de personas, en Él no hay parcialidad, de manera que lo único que necesitas es disponer tu corazón y Él te capacitará para que venzas, o sea, aprendas a manejar las situaciones de conflicto, porque ellas son parte integral de la vida cristiana. Recuerda que la disposición se muestra en la práctica frecuente de las disicplinas espirituales: la lectura y meditación en la Palabra de Dios, la oración, la alabanza, la acción de gracias, el ayuno, el servicio al prójimo y la ministración de la Palabra a través de una vida sujeta a la voluntad de Dios y dedicada a la proclamación del evangelio.

La disposición no se muestra con palabras se muestra con acciones concretas de búsqueda del reino de Dios y Su justicia. El juego del enemigo, de la carne y del mundo en el que vivimos consiste en proyectar la imagen de que es común decir una cosa y hacer otra completamente opuesta. Donde incluso, se da más importancia a la aperiencia (deseos de los ojos) que a la sustancia. (1 Juan 2:15-17)

Cuando el apóstol dice he aprendido, está indicando que se ha ceñido de toda la armadura de Dios, en oración y súplica en el Espíritu, pidiendo a Dios que le fortalezca y de sabiduría para vencer en el día malo. Todos pasamos por el valle de sombra y muerte varias veces en nuestra vida. En estos momentos de dificultad el enemigo se aprovecha y nos ataca con todo lo que le es permitido hacer. Situaciones por las que pasó Pablo con mucha frecuencia. Sin embargo, se mantuvo firme, resistiendo al diablo para que eventualmente huyera de él.

Cuando la segunda persona de la Divinidad se hizo hombre, Jesús, invadió el reino de las tinieblas del diablo y en medio de su territorio inició un nuevo reino, el reino de la luz. Al convertirnos pasamos del reino de las tinieblas al reino de la luz, (Hec. 26:18; Col. 1:13). Sin embargo, continuamos como espías en territorio enemigo, esta es la razón por la cual el mundo nos aborrece, “no somos de este mundo”. Continuamos en el mundo, que es territorio enemigo, hasta que Jesús regrese por segunda vez y establezca su reino milenario. Estamos dentro del campo de batalla que pertenece al enemigo y su corriente nos quiere arrastrar y destruir. Por lo tanto, en el mundo tendremos conflicto y aflicción, tendremos choques fuera e incluso dentro de la iglesia local. Pero tenemos una gran promesa de Jesús; “Confiad, Yo he vencido al mundo” (Juan 16:33) y les he dado mi victoria. Tenemos acceso a esa victoria a través de nuestra fe en Jesús el Hijo de Dios. ¿Cuál es la victoria que vence al mundo? Nuestra fe.

Sin embargo, aunque tenemos la victoria es posible que no vivamos en victoria, tener y vivir en victoria son dos cosas diferentes. Cuando creímos fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa como indicador de que somos hijos de Dios, pero aunque tenemos el Espíritu eso no quiere decir que automáticamente andamos bajo su dirección. Se puede tener el Espíritu y andar conforme a los deseos engañosos de la carne, como los incrédulos que no conocen a Dios. ¿Cuántas veces nosotros, siendo cristianos, andamos como si no lo fueramos? Dios tenga misericordia de nosotros. En estos casos, aunque tenemos la victoria por nuestra posición en Cristo, andamos en derrota, posiblemente estancados espiritualmente, sin crecimiento alguno y comportándonos peor que niños espirituales.

Pero, ¿qué es vivir en victoria? Para muchos, vivir en victoria es no tener diferencias, problemas, conflictos o choques. Todo lo contrario, son estas situaciones las que sirven del fuego necesario para que nuestra fe se purifique, fortalezca y perfeccione. Vivir en victoria es andar o estar lleno del Espíritu. En otras palabras, estar continuamente en comunión con Dios a través de las disciplinas espirituales para que el Espíritu Santo guíe nuestros pensamientos y nuestras acciones de acuerdo a su Palabra y a su voluntad perfecta para nuestras vidas. (Efe. 5:1-18) Esto no significa que nunca fallaremos. Pero si fallamos, inmediatamente confesamos nuestras faltas a Dios Padre y la sangre de Jesucristo su hijo nos limpia de ellas.

Tenemos que aprender a contentarnos con cualquiera que sea nuestra situación. En los momentos de abundancia, en los momentos de escasez, en los momentos de conflicto, en los momentos de lucha y otros. Pero esto no se aprende de un día para otro ni de manera automática. Es un proceso que requiere voluntad, tiempo y consagración. Hay que aprender a confiar en Dios y a depositar todas las preocupaciones e incluso ansiedades delante de su presencia. Porque la Palabra dice claramente que Él tiene cuidado de nosotros. (1 Ped. 5:6-7)

Si quieres estar en condiciones espirituales excelentes y aprender a vivir en victoria, tienes que hacer una membresía vitalicia en el gimnasio cuyo propietario es Cristo. Tienes que hacer cita con el entrenador, el Espíritu Santo, para que te de un programa de ejercicios espirituales de acuerdo con tu situación personal. El ejercicio corporal es provechoso, pero ejercítate para la piedad la cual tiene beneficio en esta vida y en la venidera.


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