La sincera fidelidad a Cristo

Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos (mente – pensamientos) sean de alguna manera extraviados (contaminar, corromper, destruir) de la sincera fidelidad a Cristo. (2 Cor. 11:3)

Dios nos llamó a ser fieles; no a ser exitosos o prósperos. Si tenemos éxito (estado que depende de cómo se define) o prosperamos económicamente, aunque ese no es el propósito de nuestra vida, le damos gracias a Dios por ello e incluso lo disfrutamos. Sin embargo, estamos claros que Dios nos llamó para que andemos como El anduvo; no para prosperar o tener éxito. Jesús obedeció a su Padre en todo y eso es lo que él espera de nosotros, que seamos obedientes a su palabra siempre, en todo momento.

En el versículo anterior el apóstol Pablo hace énfasis en que nuestra fidelidad debe ser sincera y no fingida. No teniendo apariencia de piedad sino siendo piadosos. La serpiente antigua que es especialista en el “arte” del engaño, puede con astucia alejar al creyente de los estilos de vida y conducta que son propios del que es fiel a las enseñanzas de Cristo. Sin embargo, debido al engaño, a pesar de que está lejos, sigue pensando que está cerca y es fiel.

¿Qué formas de pensar y de vivir son propios de un creyente fiel a Cristo?

  • Soportaos los unos a los otros en el Señor – En las congregaciones hay choques entre los hermanos e incluso entre los líderes. El objetivo es no chocar, pero debido a nuestra condición humana hay choques y en ocasiones producen heridas profundas.

Sin embargo la palabra es clara, debemos soportarnos y sostenernos unos a otros. No cansarnos de apoyar a nuestros hermanos, y en especial a los más débiles, y mucho menos estigmatizarlos, colocándoles una etiqueta y separándonos de ellos. No podemos tratar a un hermano diferente porque no es como nosotros esperamos o queremos. El amor que nos debe caracterizar no es así. Al contrario, mientras más grande la diferencia entre lo que esperamos y lo que vemos, mayor es el deseo de que nuestro amor cubra las faltas.

Comentarios donde se insinúa que el hermano está mal porque no hace esto o aquello no contribuyen a su corrección y restauración. Y mucho menos cuando hacemos comentarios peyorativos: “es un chango”, “yo me lavo las manos, estoy cansado de repetirte lo mismo” y otros. La Biblia dice que; “si el justo cae setenta veces, setenta veces Dios lo levanta”. Esa es la actitud que Dios espera de sus hijos.

  • Si alguno fuere sorprendido en una falta, vosotros que soy espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre – En ocasiones, sin tener la intención de coger fuera de base a uno de nuestros hermanos, notamos que uno de ellos ha cometido una falta. No es que estamos investigando y mucho menos espiando a nuestros hermanos. No somos investigadores privados de la congregación y mucho menos de Dios. La realidad es que hemos visto que un hermano cometió una falta (falla o pecado).

¿Cuál debe ser nuestra reacción? ¿Qué debemos hacer? La respuesta del apóstol es, “vosotros que sois espirituales”, en otras palabras, que para poder corregir la falta como Dios espera, hay que ser espiritual. Si la persona no anda en el Espíritu, no puede corregir como Dios desea. Incluso la persona puede ser espiritual y sin embargo no corregir de la manera adecuada. Por esta razón es que el apóstol Pablo les recuerda a los maduros (incluso líderes) que para que la corrección produzca fruto apacible hay que proceder con mansedumbre. La Biblia es clara “La ira del hombre no obra la justicia de Dios”. Cuando se corrige la falta se hace con palabras que no están cargadas de molestia, enojo e ira. La presión tiene que normalizarse para que la conversación fluya y se pueda analizar la situación cuidadosamente.

Cuando se corrige se hace con mucho cuidado para que la persona sea restaurada, dado que si no se hace de la manera adecuada, los efectos pueden ser contrarios. Además, debemos recordar que debemos tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros. Puesto que mañana puedo ser yo el que cometa la falta y desee que me corrijan con palabras blandas.

  • Nadie tenga más alto concepto de sí que el que debe tener – El gran problema de la serpiente antigua fue que tuvo un concepto de sí mucho más grande (semejante al Altísimo – creador) de lo que realmente era (una criatura). Esta convicción lo condujo a corromper su naturaleza. El mismo veneno inyectó en Eva, engañándola para pensar que podía ser semejante al Altísimo.

Debemos cuidarnos del egoísmo que controló nuestras vidas cuando no éramos creyentes y que incrustado en nuestra piel quiere continuar haciéndolo, aunque seamos creyentes. Todavía nuestro Yo tiene varios vicios de conducta que provienen de la naturaleza pecaminosa, siendo uno de ellos buscar el reconocimiento y la gloria personal. Hacemos las cosas para que nos reconozcan o nos recompensen. Ese Yo se siente grande y quiere que lo sienten en el pequeño trono. Hay que arremeter contra él cada día, crucificando sus pasiones y sus deseos.

  • Cada uno tenga a los demás como superiores a sí mismo – Si adoptamos esta posición crucificamos el Yo. Cuando consideramos que una persona es superior la respetamos y escuchamos cuidadosamente lo que tiene que decir. Nunca la menospreciamos ni la tenemos en poco.
  • No juzguéis nada con parcialidad – Debemos tratar a todos de igual manera, no importa la posición que ocupen. Todos somos iguales a los ojos de Dios, Él no tiene favoritos. No importa cuántos logros haya alcanzado, cuál sea su nivel socioeconómico, cuál sea su nivel educativo, cuál sea su aspecto o su posición de autoridad; recibirá el mismo trato que se da a los demás.

Existe la tendencia de tratar mejor a las personas de las que podemos recibir más; ya sea a nivel espiritual o a nivel material. Sin embargo, tiene más valor para Dios que busquemos al que tiene mayor necesidad y le demos de lo que hemos recibido. Es mejor dar que recibir.

El creyente que vive de esta manera, es luz y sal de la Tierra.



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